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Por qué en Marte los deportivos más potentes no tendrían sentido

Espacio
I 12.06.2017

La actual exploración espacial obliga ya no sólo a pensar en cómo llegar a los planetas más alejados sino también en cómo moverse por ellos.

 

Cuando el Apolo XV, tripulado por los astronautas David Scott, Alfred Worden y James Irwin, despegó el 26 de julio de 1971 en dirección a la Luna llevaba en sus bodegas el primer automóvil diseñado específicamente para circular fuera del planeta Tierra. Se trataba del LRV –Lunar Roving Vehicle– fabricado conjuntamente por General Motors y Boeing y del que se construyeron tres unidades destinadas a las misiones Apolo XV, XVI y XVII; los tres vehículos fueron abandonados en nuestro satélite tras finalizar la misión.

 

Se trataba de un extraño buggy con chasis de aluminio, cuatro ruedas de malla de acero y dos asientos. Cada rueda tenía su propio motor eléctrico alimentado por dos baterías de 36 voltios y una autonomía de 180 km, siendo capaz de transportar hasta 621 kg de carga entre antenas de comunicaciones, cámaras, perforadoras, pinzas, magnetómetros y repuestos.

 

Cada vehículo costaba la friolera de 38 millones de dólares, fue desarrollado en un plazo récord de 17 meses y era transportado por piezas en el módulo de mando; los astronautas tenían que montarlo sobre la superficie lunar, tarea para la que se necesitaban solamente 26 minutos.

 

Durante sus 67 horas en la superficie lunar recorrió 80 kilómetros sin el menor incidente o problema técnico.

 

 

MRV: El heredero

El interés de la NASA por volver a la Luna como etapa intermedia hacia el planeta rojo ha hecho que se recupere, de nuevo, la necesidad de un coche que transporte a tripulantes y equipos por la superficie lunar. El heredero actual del pionero “Rover” empleado en las misiones Apolo es el “Modular Robotic Vehicle” o MRV, el cual –a diferencia de su antecesor– carece de huecos para transportar equipos o recambio ya que su misión es estrictamente desplazar astronautas rápidamente de un punto a otro.

 

Desarrollado mayoritariamente por Nissan y General Motors directamente en las instalaciones del Johnson Space Center de la agencia espacial norteamericana, el MRV es un buggy de cuatro ruedas motrices –cada una con su propio motor eléctrico– que pueden orientarse independientemente… incluso hasta girar 180º. No existe ninguna unión mecánica entre las ruedas, que son gestionadas también de modo independiente por un sistema drive by wire que reparte en cada momento la fuerza y tracción óptimas.

 

Las especificaciones NASA exigían que, en caso de fallo de tres de los cuatro motores, el único propulsor restante debía ser capaz de hacer llegar el vehículo a su destino. Conviene señalar que el MRV está diseñado para funcionar tanto de modo autónomo –de ahí lo de “Robotic”– como con conductores humanos. Curiosamente, para esta última eventualidad, la NASA ha optado por un volante y un sistema tradicional de pedales ya que se busca la máxima facilidad de uso.

 

El coche puede alcanzar una velocidad máxima de 65 km/h –limitada por razones de seguridad a 24 km/h– pesa algo más de 900 kilos y tiene una autonomía de 100 kilómetros.

 

 

SPR: la autocaravana del espacio

 

Muy diferente del ligero MRV es el SPR –Small Pressurized Rover– que, igual que su predecesor, va equipado con ruedas pivotantes sobre su eje. En este caso son 12, movidas por sus 12 correspondientes motores eléctricos de 8 CV cada uno, que equivalen en total a 95 CV. El conjunto motriz es capaz de superar desniveles de 45º y obstáculos de un metro de alto, además de ser capaz de girar sobre sí mismo.

 

El principal requerimiento que la NASA exigió a General Motors, Nissan y Michelin –los responsables del proyecto– fue que el coche debía permitir a los astronautas viajes de exploración de hasta dos semanas y distancias de hasta 1.000 kilómetros y por ello debía ser todo lo cómodo posible dadas las circunstancias. En este sentido, el concepto del SPR se asemeja más al de una “autocaravana espacial” que a un todoterreno.

 

Su cabina está presurizada para permitir a los conductores/astronautas trabajar sin el engorroso traje espacial. En la parte delantera está el puesto de control y conducción, con amplias ventanas que permiten ver en todas direcciones y cámaras a los lados, atrás, al nivel del suelo e incluso apuntando hacia las ruedas que aseguran una perfecta visión en 360º.

 

En la parte posterior se encuentra el módulo de descanso, con aseo, comedor y literas en las que poder descansar durante las misiones largas. En caso de paseo extravehicular, el astronauta puede introducirse directamente desde dicho habitáculo en cualquiera de los trajes espaciales adosados a las escotillas. Tras siete años de pruebas en el desierto de Arizona, el primer prototipo de SPR está ya prácticamente operativo –de hecho fue una de las grandes estrellas del desfile que precedió a la toma de posesión de Barak Obama– y será entregado a la NASA en el año 2020.

 

 

Condicionados por un entorno hostil

 

Los ‘coches’ que la NASA mandará al espacio en las próximas misiones espaciales son vehículos de trabajo diseñados para realizar su cometido en un entorno extremo y unas condiciones muy concretas que no tienen nada que ver con las terrestres.

 

Para empezar, todo vehículo espacial debe ser necesariamente eléctrico ya que la atmósfera de la Luna o de Marte carece de oxígeno así que ningún motor basado en quemar combustible podría funcionar.

 

Los usados en el SPR, por ejemplo, apenas llegan a los 100 CV –lo cual puede parecer muy poco para un vehículo de 4.000 kilos–, pero hay que tener en cuenta que la gravedad lunar es una sexta parte de la terrestre, así que el motor no tiene que trabajar tanto para propulsarlo y se puede recorrer diez veces más distancia que la que se recorrería en la Tierra con esa misma potencia. Los motores superpotentes tampoco tienen sentido en Marte, con tres veces menos gravedad que la Tierra.

 

Claro que la ausencia de gravedad también genera inconvenientes; los amortiguadores sufren y se recalientan muchísimo más que en condiciones terrestres ya que el conjunto no se mantiene pegado a la superficie de modo natural y la suspensión debe ocuparse de ello.

 

Aunque los vehículos se prueban en la tierra con neumáticos convencionales, en el espacio son imprescindibles las ruedas de malla de acero ya que no se pueden montar gomas de caucho porque cristalizarían y se romperían a causa de las temperaturas extremas. Otro de los grandes enemigos es el polvo espacial; un polvillo con la textura del grafito que penetra en todas las piezas móviles de los vehículos y las apelmaza.

 

Fuente: El País